TinselCity

Durante años he estado notando algo sin llegar a encontrar la expresión precisa que lo describe. Esta madrugada, mientras luchaba contra otros fantasmas, la expresión ha aparecido ante mi.

La épica de la banalidad

Comienza así Historia de Dos Ciudades:

It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness…

La novela, situada en la época de los comienzos de la Revolución Francesa, presenta en cierta medida dos mundos contrastados. Londres y París. Londres o París. Hoy, habiendo hecho del mundo algo bastante más homogéneo, quizá no sea necesario buscar el contraste en dos ciudades o sociedades distintas sino que lo podemos encontrar en el interior de cualquier sociedad que escojamos. París o Londres no son, ya, tan diferentes.

Hoy, una buena parte de la cultura -entendida menos como entretenimiento y más como descripción de comportamientos y creencias- está claramente influenciada por la publicidad y los medios de comunicación, entendiendo, claro está, que una parte de esos medios son los “tradicionales” y otra parte son esos otros más “modernos” que surgen -o por lo menos parecen hacerlo- desde abajo. Modas, tendencias, ideas difundidas por diferentes “grupos de interés”, sean estos de la naturaleza que sean (gobiernos, partidos políticos, empresas… o un chaval intentando aprovecharse del sistema haciendo videos en la red para hacerse “famoso”).

Cada uno, lógico, tiene sus propias ideas y objetivos. Y podríamos reducirlos a objetivos abstractos como “poder”, “felicidad”, etc, pero ni siquiera es necesario. Lo que me viene llamando la atención desde hace tiempo son las narrativas, cómo unos y otros, de forma consciente o -más probablemente- inconsciente, terminan compartiendo una serie de rasgos en la forma en que presentan esas ideas que intentan vender. Y me llama la atención porque siempre he pensado que las palabras tienen bastante más poder del que les reconocemos y, a veces, esas narrativas tienen efectos a largo plazo que resultan ser independientes de las ideas que querían transmitir.

Hay una de estas narrativas que, creo, está convirtiéndose en prevalente a lo largo de multitud de grupos de interés diferentes y, al final, ha permeado a los comportamientos básicos de muchas personas: La épica de la banalidad. Me refiero con esta expresión al énfasis y realce que se da a elementos y asuntos fundamentalmente banales y carentes de relevancia en sí mismos.

Lo banal

Banal No debemos confundir, eso sí, lo banal con otras cosas, por ejemplo, lo cotidiano. Lo banal es todo aquello que carece de sustancia, de relevancia. Sé que el término es subjetivo y reconozco que, en ciertos aspectos, lo que puede aparecer banal puede terminar teniendo un cierto interés artístico o filosófico. De hecho, existe mucha literatura y expresión artística en general que gira alrededor de la descripción de asuntos pequeños, aparentemente insignificantes o triviales, de los cuales después de extraen conclusiones o ideas interesantes.

Sin embargo, la situación actual va más allá de un interés artístico. ¿O quizá se queda más corto? Sea como sea que lo queramos decir, ese foco que se sitúa sobre lo banal no lo utilizamos para extraer nada. No hay interés ir más allá. O quizá no hay un más allá al que ir.

La épica

Y el problema real aparece cuando, sobre esa banalidad aplicamos narrativas propias de la épica. El contraste que se produce entre la insustancialidad del sujeto y la magnificación del cántico, no puede si no dejar en evidencia el sinsentido. Tomamos algo decididamente irrelevante y pretendemos elevarlo a los niveles más altos de la relevancia.

Como decía, veo esto en muchos sitios. Por supuesto en la publicidad, esa que ha decidido que la forma de vender más es asociando sus productos con emociones personales e intensas. Desde la pizza congelada que -se supone- representa el summum del amor familiar, pasando por la cerveza que proporciona grados inconmensurables de camaradería fraternal o el cacao cuyo consumo da a los niños el poder de alcanzar un supuesto éxito profesional, hasta el último de los aparatos electrónicos de turno que te da… todo, cualquier cosa que se te ocurra. Y lo mismo ocurre con todo. La serie X o la película Y no es “buena” o “mala”, o es lo mejor que se ha visto en la historia o es un truño. Un personaje político -según coincida con nuestra ideología o no, supongo- o bien es un héroe o bien el demonio, y cualquier cosa que haga es o lo mejor, lo que hacía falta, o una desfachatez. Incluso entre programadores; una librería o bien es la salvación mágica que arreglará todos nuestros problemas y que esperábamos que bajara del cielo o bien está obsoleta, es inútil e innecesaria. O qué decir de los cientos -¿miles?- de vídeos, fotos y mensajes de gente que celebra algo tan banal como es haberse comprado el último modelo de teléfono móvil o cualquier otra cosa similar.

Todo se vuelve extremo, pero sobretodo lo banal. Sospecho que puede ser porque lo banal es más accesible, más fácil de evaluar y valorar. Pero también porque en buena medida se ha perdido de vista qué es relevante y qué no lo es. Dar voz a todo el mundo ha hecho que todos quieran decir algo -cuando a veces es más inteligente el silencio-. Y así, en esa necesidad de decir algo yo también, en la cacofonía de voces diciendo cualquier cosa, la diferencia entre lo sustancial y lo banal se difumina, la relevancia se diluye. Terminamos por prestar atención a lo fácil y esto demasiadas veces coincide con lo que menos importancia debería tener.

O tempora, o mores. Ah, en fin…