Nonsense

Vivimos tiempos confusos, creo. Pero sobre todo me temo que vivimos tiempos de poca sinceridad.

Esta mañana he terminado de leer un libro que me regaló mi madre por Navidad: “La regola dell'equilibrio”. Tiene cierta curiosidad que el regalo venga de mi madre, pero sólo para mi mismo. Como comentario general del libro, realmente no hay mucho que decir. El protagonista, un abogado en mitad de su vida, que defiende de una acusación de corrupción a un juez que podríamos decir amigo suyo (según cómo delimitemos la amistad). La historia no es una gran historia. Es, de hecho, bastante simple y, argumentalmente, no incluye nada inesperado o particularmente reseñable. Desde otra perspectiva, el libro está bien escrito sin más, sin demasiadas florituras y con un personaje fácil de identificar, aunque quizá con algunos tópicos un poco teatrales… o más bien cinematográficos. La narración es el diálogo externo e interno del protagonista, con los demás y consigo mismo. El fondo de la ciudad de Bari se queda un poco demasiado en el fondo, pero tampoco está mal.

Y a pesar de esa apariencia de libro simplón y algo tópico, ha tenido algo que me ha gustado. La historia es la que es, pero de lo que trata el libro principalmente es de la sinceridad. De la sinceridad como un valor moral, fundamental en nuestra personalidad. La sinceridad como motor esencial en la forma en que nos entendemos a nosotros mismos y nos presentamos ante los demás. Como digo, no da muchas vueltas y lo dice de forma clara y directa, sin buscar una metáfora extraordinaria o nada similar.

¿Cómo era aquella frase de Los Hermanos Karamazov? «Quien se miente y escucha sus propias mentiras llega al punto de no distinguir más ninguna verdad, ni en él, ni alrededor de él.» La citaba a menudo mi abuelo, y decía que la regla del equilibrio moral consiste en el comportamiento opuesto al descrito en esta frase. Consiste en no mentirnos a nosotros mismos sobre el significado y la motivación de lo que hacemos y de lo que dejamos de hacer. Consiste en no buscar justificaciones, en no manipular el relato que contamos sobre nosotros, a nosotros mismos y a los demás.

Esta es, en definitiva, la conclusión final del libro.

Ah, sí, la relación de todo esto con lo de los tiempos que vivimos, claro… Pues llevo algún tiempo buscando aislarme un poco… no, aislar no es la palabra. Lo que busco no es aislamiento sino poner una cierta distancia entre mis pensamientos y los ruidos del mundo. Y esto me ha puesto en una situación de observación más o menos indiferente. No consigo sentirme involucrado, no consigo participar. Lo cual seguramente es la principal causa de que aún siga sin empezar un nuevo empleo, que me cueste más empatizar o que algunos temas estén empeorando (aunque no sé si esto es efecto o causa, pero… bueh, es irrelevante). Pero lo interesante no soy yo, sino que esta situación de “observación indiferente” me deja darme cuenta de realidades más básicas, más fundamentales. El ruido queda más difuminado y consigo percibir mejor las señales, los patrones.

Y esto es de lo que me estoy dando cuenta. De que si algo define a “los tiempos que vivimos” es el desequilibrio moral como personas y como sociedad. Es decir, la falta de sinceridad hacia los demás, pero sobre todo hacia nosotros mismos, respecto a la historia de quienes somos y quienes nos creemos ser, como individuos y como sociedad.

Basta coger cualquier tema de actualidad social. Me da igual si es el independentismo catalán, el movimiento feminista, la corrupción política, los empleos y salarios… Tomad cualquier grupo de interés o, por qué no, fijaos en las personas concretas que tenéis alrededor. Haceos una pregunta: ¿Esta persona, este grupo, realmente se cree la historia que me está contando sobre sí mismo? Yo me temo que, como sociedad, como cultura, hemos dejado que se establezcan unos valores mucho menos honestos, mucho más basados en la pretensión y la manipulación de las ideas y las realidades. Nos hemos llevado a nosotros mismos a una situación que no creo que pueda producir buenos frutos. No sé, quizá es que hemos perdido cierta capacidad de reflexión interna, íntima. Quizá esa capacidad de escuchar y mantener conversaciones que es tan poco popular últimamente, también nos impide escuchar y mantener nuestro propio diálogo interno.

Por fortuna, claro, aún hay personas con una firmeza moral que les permite mostrarse tal como son, tal como ellos reconocen ser, aunque sepan que aún les queda camino para llegar a ser como les gustaría ser.

Yo… bueno, yo ciertamente estoy muy lejos de ser como me gustaría ser. Soy demasiado cobarde y demasiado confuso. Comparto muy pocas cosas y tengo tendencia a alejarme. Tengo bordes afilados y a veces soy demasiado idealista y no tengo en cuenta demasiadas cosas de los demás. No me caigo bien. Y mucho más que para qué andar escribiendo. Pero si me siento satisfecho de algo, en alguna medida, es de no esconderme en una imagen falsa, en unos principios genéricos, en una historia manipulada de mis intenciones y motivos. Y no es mérito mío; no es nada por lo que merezca aprobación. Es sólo que ya me cuesta bastante vivir conmigo mismo, como para tener que soportarme si supiera que encima me estoy mintiendo. Esto es casi lo único que me ayuda.