TinselCity

Is he doing his own theme music?

El Emperador y sus locuras es una de esas películas que incluso después de haberla visto algunas decenas de veces, no puedo evitar que me siga haciendo reír con algunas escenas. Es una historia sencilla tratada con un humor peculiar pero inteligente. Además tiene su mensaje y moraleja, pero más allá de eso, es su estilo de humor el que la hace tan entretenida.

Las Dos Palancas

Una de las escenas que siempre me han gustado especialmente es la de las dos palancas. Es una escena que me gusta mucho desde el punto de vista narrativo.

La escena

Irma y Kronk van al laboratorio secreto a pensar modos de eliminar a Cuzco. En la puerta secreta del laboratorio Irma exclama:

¡Tira de la palanca, Kronk!

Kronk lo hace y, repentinamente, se abre una trampilla bajo los pies de Irma y esta cae al abismo gritando “De esa noooooooooooo….!!”. Al momento Irma vuelve a entrar en escena, mojada y con un enorme cocodrilo mordiéndole el culo y dice:

No sé para qué tenemos dos palancas.

Y, deshaciéndose del cocodrilo es ella quien esta vez tira de la palanca correcta y, esta vez sí, acceden a la montaña rusa que les lleva al laboratorio.

Durante algún tiempo, especialmente cuando trabajaba en un portal inmobiliario líder en España, me divertía diciendo “Tira de la palanca, Kronk!” para decir “Dale!” cuando alguien preguntaba si podía reiniciar uno de los diversos servidores que necesitaban reiniciarse de vez en cuando por alguna razón u otra más o menos razonable o disparatada.

Desde el principio, me gusta la frase de “Tira de la palanca, Kronk!”. Me hace gracia en sí misma; me gusta. Pero es evidente que el chiste en realidad lo hace la otra frase. Ojo, no la de la caída. El grito de Irma “De esa noooooo…!” te hace reír porque es el golpe inesperado. Pero es la última frase la que remata o le da una solidez a la gracieta que no tendría de otro modo: No sé para qué tenemos dos palancas.

En principio el chiste puede parecer un simple chiste absurdo, una referencia paródica a muchas otras películas anteriores. Sin embargo, esa última frase lo convierte en algo más.

Hawaii, Enero de 2018

Recuerdo que hace unos meses circuló la noticia de los avisos enviados por error en la red de alertas de emergencia de Hawaii. A las ocho de la mañana, en un clima reciente de noticias de escaladas de amenazas entre Corea del Norte y Estado Unidos, se envía a los ciudadanos de Hawaii a través del sistema de alertas de emergencia un mensaje avisando de que se aproxima un misil balístico, indicando que se busque refugio inmediato y asegurando que “no es un simulacro”. Media hora después se envía otro señalando que se trata de una falsa alarma.

Después, cuando la noticia ya circulaba por internet, se apuntaba como causa a una combinación de poco control, software con un diseño pobre y confuso y error humano. Más tarde, circularían chascarrillos sobre el asunto comparando ese supuesto interfaz con algunas webs reales.

Recuerdo este caso ahora mismo, quizá justo porque circularon esos chistecillos chorras en algunos entornos de desarrolladores, pero no es ni mucho menos el único.

La lección de Irma

La lección es bastante obvia. Pero a la vez es una que demasiada gente dedicada a UX, diseño de interfaces y desarrollo de software pasa por alto demasiado a menudo.

No sé para qué tenemos dos palancas.

Dos palancas. Y no es necesario que sean idénticas, como en la película. Basta que ambas estén juntas y no quede perfectamente claro cuál es “la correcta”.

Dos botones, similares pero con acciones opuestas. ¿Existe algún software en el mundo que no caiga en esto? Más aún, a veces no es necesario ni siquiera que las palancas estén juntas. Pienso en interfaces más extensos, con, por ejemplo, menúes y/o barras de botones. O en esas páginas web que tienen un botón arriba y luego otro abajo o en un elemento flotante que aparece al desplazarnos.

Más aún. Pienso en otras muchas situaciones similares que quizá podríamos no relacionarlas si no nos fijamos. Pienso, por ejemplo, en situaciones que me he encontrado repetidas veces a lo largo de los años:

  • el instalador del programa ese que usamos en la empresa para hacer esa tarea. Ese que está en la unidad de red tal en la carpeta cual… pero ojo, no cojas el de la carpeta cual de la otra unidad de red porque es una versión vieja que da problemas.
  • el script de despliegue / la tarea de Jenkins / whatever para poner en integración. Que es prácticamente idéntico en aspecto, nombre o en todo, al script o tarea que destruye las bases de datos de producción, necesita 2 días para arreglarlo luego y nos cuesta X mil cada vez que alguien le da accidentalmente.
  • la documentación de la nueva funcionalidad a desarrollar, que está en el sitio X donde tenemos la documentación. Pero no la que está en el sitio Y donde también tenemos la misma documentación, porque esa versión no está actualizada todavía.
  • la aplicación interna para gestionar X que tiene el equipo tal, que puede hacer esta inocente acción. Pero cuidado con hacerlo desde la aplicación interna para gestionar X' que tiene el equipo cual, que también tiene una acción que se llama exactamente igual pero en realidad destruye el universo.

Demasiadas veces construimos nuestros interfaces con trampas, con dos palancas. Y casi siempre la frase es aplicable: No sé para qué tenemos dos palancas.

Pero claro, sonaba tan bien, tan lógico, cuando se tomó la decisión… Pon aquí este botón y… bueno, por si acaso vamos a poner también este otro. Por si el usuario cambia de opinión. Por si el usuario prefiere hacer esto otro. Por si acaso quiere accidentalmente caer al abismo de vez en cuando gritando “De esa nooooooo…”. O porque ya estaba ahí la primera palanca y en lugar de sustituirla pues, por si acaso hacía falta algún día, la dejamos y ponemos otra al lado. O quizá simplemente es para mantener al usuario en tensión, para generarle la duda. ¿Será esta la palanca correcta? ¿Qué sorpresas nos aguardan al otro lado?

Y una de las cosas más absurdas de todo es la cantidad de veces que me he encontrado a profesionales que se dedican a esto, justificando una y otra vez este mismo error. “Tener más opciones nunca es malo”, dicen algunos. Pero sí que lo es cuando esas opciones se confunden entre sí y, encima, ni siquiera son necesarias.

Está claro que habrá ocasiones en que será necesario, no lo dudo, pero cuando te encuentres decidiendo, diseñando, fabricando, instalando la segunda palanca, párate un momento, imagínate con un cocodrilo mordiendo tu culo y murmurando: “No sé ni para qué tenemos dos palancas”.